Vargas Llosa, un cadáver literario que apesta a imperialismo

Imagen Referencia / Portada de Stalin Magazine.

Por, Stalin Vladímir.

Hubo un tiempo en que Mario Vargas Llosa fue celebrado como un escritor de talento, alguien que supo narrar con destreza ciertas realidades de América Latina. Pero esos días quedaron atrás. Lo que hoy queda de él es apenas la sombra de un hombre consumido por su propio odio, un anciano testarudo que insiste en pontificar sobre la política con discursos rancios, mientras su obra se hunde en la irrelevancia. Vargas Llosa ya no es un autor respetado ni una voz de autoridad. Es simplemente un predicador neoliberal en decadencia, un peón más del tablero imperialista, usado y desechado por las élites a las que sirvió.

Mario Vargas Llosa, ha llegado la hora de tu retiro definitivo. Ya no eres más que un eco patético de un pasado que nadie extraña, un bufón que sigue repitiendo sus monólogos rancios sin darse cuenta de que el público ya se fue. Tus libros acumulan polvo en las librerías, tus discursos apenas resuenan entre las mismas élites caducas que te usan y te desechan, y tu nombre ya solo provoca indiferencia o desprecio. Si te queda un mínimo de dignidad, desaparece en el silencio y acepta tu destino: el olvido. No hay peor tragedia para un escritor que convertirse en irrelevante, y tú, Vargas Llosa, ya ni siquiera provocas debate, solo lástima. Retírate, porque lo único más triste que tu decadencia es tu obstinación en seguir arrastrándote ante los poderosos, sin darte cuenta de que ya nadie escucha a un viejo que hace tiempo perdió la voz y la vergüenza.

Su obsesión enfermiza con la izquierda lo ha convertido en un personaje patético. Mientras los grandes movimientos progresistas siguen avanzando en la región, él, con su rencor acumulado, sigue repitiendo las mismas letanías gastadas contra el socialismo, como si nadie se hubiera dado cuenta de que el modelo que él defiende ha sumido a los pueblos en miseria, desigualdady saqueo. Ya no es un intelectual: es un títere, un loro que repite los dogmas del libre mercado y la “democracia” occidental, aunque la realidad le haya demostrado una y otra vez que sus postulados son falsos.

Cuando en 2010 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura, Vargas Llosa creyó que se convertía en una autoridad moral. Pero el tiempo ha sido implacable con él. Lejos de consolidarse como una figura respetada, su vejez lo ha exhibido como un personaje cada vez más reaccionario, más agresivo y más desconectado de la realidad. Su visión de la democracia no es más que un disfraz para justificar la dominación de las élites económicas y políticas sobre los pueblos.

Él se presenta como un “defensor de la libertad”, pero su libertad solo aplica para los privilegiados. Aplaude los golpes de Estado cuando los gobiernos elegidos democráticamente no coinciden con su ideología. Se indigna por los derechos humanos únicamente cuando puede usarlos como arma contra los gobiernos progresistas, pero guarda un silencio cómplice ante los crímenes de las dictaduras empresariales, los abusos de las corporaciones y la represión brutal que ejercen los regímenes aliados de Estados Unidos.

Su hipocresía no tiene límites. Mientras fustiga con vehemencia a los líderes latinoamericanos que luchan por la soberanía de sus naciones, se codea con personajes turbios de la política internacional, desde banqueros especuladores hasta reyes anacrónicos y políticos derechistasque han saqueado sus propios países.

Si su vida política es una farsa, su vida literaria es un desierto. Vargas Llosa sigue publicando libros, pero ya nadie los lee. Sus novelas recientes son aburridas, repetitivas y carentes de la chispa que alguna vez lo hizo destacar. Su narrativa se ha convertido en un refrito de sus propias obsesiones personales, con personajes planos y tramas sin fuerza.

Las nuevas generaciones lo han abandonado. Sus libros no generan entusiasmo, no venden, no marcan tendencias. Mientras tanto, emergen escritores jóvenes que conectan con los problemas actuales y que entienden el pulso de la sociedad. Vargas Llosa, en cambio, sigue atrapado en un mundo de nostalgias burguesas y debates intelectuales caducos que a nadie le interesan.

Lo que antes fue un autor de referencia hoy es una figura anacrónica, un hombre que insiste en dar lecciones desde la soberbia de su torre de marfil, sin darse cuenta de que el mundo real ya lo dejó atrás. Su declive es evidente, pero él sigue creyéndose un faro de sabiduría, cuando en realidad no es más que un eco vacío de un pasado que ya no existe.

En su vejez, Vargas Llosa no es más que un bufón del imperio. Su discurso reaccionario lo ha convertido en un instrumento útil para las campañas mediáticas contra los gobiernos de izquierda, pero incluso sus propios aliados lo ven como un personaje desgastado. Su tiempo ha pasado, su influencia se ha esfumado y su credibilidad está en ruinas.

El Vargas Llosa de hoy es la prueba viviente de lo que sucede con los intelectuales que traicionan a sus pueblos para servir a los poderosos: terminan solos, repudiados y condenados a la irrelevancia. Puede seguir escribiendo sus columnas rancias, puede seguir dando conferencias para auditorios cada vez más vacíos, puede seguir alabando el neoliberalismo y atacando al socialismo, pero ya no tiene impacto. Es un dinosaurio de la literatura y un cadáver político que solo espera su olvido definitivo.

Esta entrada fue modificada por última vez el 26 de febrero de 2025 a las 3:09 PM